La ciudad y sus entretelones. Las antecámaras son espacios teatrales extraordinarios. Es el espacio del lenguaje, el espacio trágico por antonomasia. Afuera está la muerte. El no estar de los seres. De un lado la calle y la huida al mar dulce, al mar de plata. Del otro el cuarto cerrado con la puerta como nexo, el espacio del poder sumergido en la sombra. Estoy en la antesala. Esperar, queda eso nada más.
Cometí el desatino de contraer una hinchazón (involuntaria, lo juro) en mi ojo derecho. No sé las causas y tampoco tendría que saberlas, pero mi vocación por la semiología (aunque no me considero un semiólogo, claro está, todavía creo estar cuerdo) debería haberme servido para comprobar que los síntomas no eran letales ni mucho menos. El ojo hinchado avanzaba y decidí la antecámara como espacio de mi tragedia. Allí iría a escabullirme del efecto del sol raciniano.
La gente de las antesalas de los hospitales tiene siempre el talante de un sospechoso. Me senté en una de las sillas de madera. Silencio. Todavía quería estar ausente del espacio trágico, recluirme en mi monólogo contenido, en mi visión turbia de la realidad. Sé que había una señora hipocondríaca que cambiaba de enfermedad a medida que el reloj avanzaba. De un problema en el corazón pasó a ser víctima de una larva africana que se adhería a las adiposidades provocando la hinchazón del ojo. Y me miraba, me señalaba con la cabeza, como verificando su hipótesis, ya que éramos dos las víctimas de la larva africana.
Los pacientes entraban en la sala. Uno por uno. Intenté en vano alargar el cuello para mirar adentro del recinto. La puerta cerraba demasiado rápido para mi ojo cansado. Entró la señora hipocondríaca y me lanzó una mirada de compasión y amistad. Como diciendo: yo ya sé lo que estás pasando. Adiós señora, si usted supiera. Después llegó un hombre chorreando sangre. La herida era invisible e intentaba no mostrar los signos del dolor. Yo, con mi ojo hinchado, me sentí un nene que no puede dormir y necesita el beso de su madre.
Fuera Combray de Buenos Aires, que ya casi el turno era mío. Esquivé la mirada del hombre herido, pero la suya sé que estaba posada en la hinchazón de mi ojo. Tal vez suscitara su respeto si supiera que tuve que renunciar a la humedad confortable de mi sillón para esperar, como un personaje kafkiano, a que saliera una señora vestida de azul, para que me auscultaran el ojo y se rieran de mí un rato, no lo suficiente como para creer que se ensañaban conmigo sino lo necesario como para que me sintiera un imbécil. Abandonar ahora mi turno era imposible. Demasiada humillación como para que quede inconclusa.
A esa hora la guardia del hospital se encuentra atiborrada de gente. Intenté consultar a la secretaria y me encontré con un gato durmiendo en el escritorio. Los que entran por esa puerta no salen. Escuché el llamado de la señora de azul que gritaba mi número. Apreté los puños y caminé con paso firme. No había olor a lirios al final del escenario.
Ezequiel Pérez
(Imagen basada en una foto por Marcos Gonzalez, publicada en Flickr bajo una licencia de Creative Commons.)